La caja

Son las 10,13 de la mañana, suena el timbre insistentemente. Es la señal no acordada entre el cartero y yo: un timbrazo corto y seco si solo quiere que abra la puerta, varios pitidos cortos, intensos, seguidos es un certificado o paquete para mí. No hay duda, se trata de algo para mí.

Abro la puerta y rezo para que no sea una multa.

-Buenos días ¡por decir algo!- fuera está diluviando.

-¿Qué tal Juan? ¿Mucho frío?- Si fuera él el que hace la pregunta yo le estaría fulminando con la mirada pero  Juan está acostumbrado a los lugares comunes y responde con un “qué va”  y una sonrisa mientras su traje de chubasquero gotea en el felpudo. Le pillo mirando de reojo mi pijama y estirando el cuello para notar el calorcito que sale de casa. Siempre tengo la calefacción a tope por la mañana.

Alarga un brazo y me entrega un paquete, lo recojo con una sola mano, no pesa.

-¿Me firmas aquí? ¿DNI?

-¡Claro, gracias! ¡Qué pases una buena mañana!

Cierro la puerta. De fondo se escucha la radio y el café saliendo en la italiana.

Dejo el paquete sobre la mesa, preparo las tostadas. Apago la radio. ¿Qué tendrá la caja? Que yo recuerde no he comprado nada por internet, nadie me ha dicho que me regalaba nada… No veo el remitente por ningún lado.

¿Una sorpresa? Hace siglos que nadie me sorprende…

Retiro el sobre de plástico. Tiene el tamaño de una caja de zapatos. ¿Serán unos zapatos? No, definitivamente no. No pesa nada. La muevo. No suena a nada.

¿Una caja vacía? ¿Alguien se ha molestado en enviarme una caja vacía?

¡No puedo más! rompo el papel  marrón que la envuelve, es una caja de zapatos. La abro. Efectivamente, está vacía.

No hay nada en ella.

Le vuelvo a poner la tapa.

Me siento, la miro.

¿Una caja vacía? Me viene a la cabeza el hijo pequeño de aquel molinero que heredó ese gato… ¿esta caja es mi gato?

Tomo un sorbo de café mientras la miro con extrañeza. “Vamos caja, ¿qué vas a hacer por mí?” La caja ni se inmuta. No parece tener planes de salir a recorrer las tierras ni a convencer campesinas tontas, ni encontrar castillos abandonados. Es una caja sin botas. Una caja vacía. No hay nada, ni una gota de esperanza.

Una cosa tengo clara: lo que pase a partir de ahora con esta caja es cosa mía. Depende de mí lo que quiera hacer con ella. Soy libre para hacer lo que yo quiera. Puedo utilizarla o tirarla. Puedo llenarla de cosas bonitas o de mierdas. Puedo tenerla cerrada o abierta. Puedo dedicarle todos mis pensamientos o ninguno…

Al fin y al cabo es solo una maldita caja.

Termino la segunda tostada. Me levanto, cojo la caja y la aviento por la ventana.

Sé que no es un ejemplo a seguir, ni siquiera he mirado que no pasara nadie por la calle. No quiero estorbos en mi casa. No quiero invertir tiempo en cajas vacías, en personas anónimas. Adiós caja. Adiós a las personas que empaquetan las nadas.

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